24 febrero, 2021

Lastre

 .



   Una vez más recuerdo el blog que tenía de adolescente. Tal vez mi memoria está distorsionada, pero recuerdo una libertad casi total para escribir lo que sintiera tal y como venía.

   Ahora, tal vez por el aprendizaje que hacemos para "saber estar", mido las palabras, pienso qué mostrar y qué guardarme, "esto está fuera de lugar, mejor no lo pongo". Quizás echo de menos ser una adolescente para que mi mundo interior sea inmenso y tener espacio para mirarme y construirme.

   Sin embargo es inevitable, en un punto tomas perspectiva, observas lo que te rodea, te has autodefinido suficiente y se empieza a hacer necesario luchar por realidades más allá de una misma. Ahí llegó la conciencia social y política, y las convicciones con las que remar en una dirección. Y hacer de mi vida futura algo bonito para mí, y al menos un poquito útil para otros.

   Pero a veces quiero ser adolescente, mirarme el ombligo y dedicar un rato a escribir sobre lo que siento sin tener que ser objetiva, equilibrada, coherente, racional... Enfadarme, hartarme, pelearme con algo que no puedo cambiar. 



   Me duele aún el breve paso que alguien tuvo por mi vida hace un tiempo. Nunca hasta ese momento había conocido a alguien tan inteligente, egoísta y manipulador. Cuando lo conocí no me gustó nada, me chirrió aquella breve conversación y a pesar de la gran fama idealizada que dan los escenarios, supe que era una persona que se centraba en la imagen que quería dar, muy diferente a lo que había detrás de esa imagen.

   Tiempo después nos volvimos a encontrar, me permití conocer un poco más, por si pudiera estar equivocada con mi primera impresión. Tenía esa actitud de guiar los actos y palabras según sus propios objetivos. Cuando quería hablar, hablábamos. Cuando no quería, no lo hacíamos. Cuando quería bromear, bromeábamos. Cuando quería reflexionar, también lo hacíamos. Yo me quedaba observando porque tenía una ligera curiosidad. Le dejaba guiar y marcar los tiempos, en parte porque quería "estudiarle", y en parte porque nunca se me ha dado bien lo contrario. Con el tiempo fui encontrando otra persona más allá de mis primeras impresiones. Con mucho por descubrir.

   No me apetece repasar lo que sucedió entre medias, pero a posteriori vi que, esta persona quería de mí algo muy determinado, muy concreto, y lo quería ya. Quería una vida que ya tenía diseñada, con los tiempos marcados y las metas establecidas. Quería mi útero, quería mi compañía, quería mi buena cara delante de la gente, quería mi pose junto a la suya en su muro de facebook, quería mi asentimiento y mi admiración. Tuvo gran parte de todo aquello, pero cuando vio que yo no seguía el calendario establecido, decidió que no le servía. Luego supe que era su modus operandi habitual. Esta vez, sin embargo, me había cambiado por otra candidata, con la que continuar por donde yo lo había dejado. En unas semanas estaban en ese viaje que teníamos planeado. En unos meses eran padres.

   Han pasado años, y aún duele cuando alguien lo menciona, con esa admiración idealizada propia del escenario y las redes sociales. Disimulo y continúo la conversación intentando que los pensamientos no me absorban, haciendo un esfuerzo por mantenerme en el momento. Pero estoy muy cansada de este lastre que no sé cómo soltar. Me enfada seguir atada a algo que querría olvidar, liberarme.

   Aprendí mucho de aquello, me quedo con lo bueno que me trajo después. Pero, ¿cómo desprenderme del dolor?



.

1 comentario:

  1. Cuando uno echa la vista atrás envidia la libertad que la adolescencia nos daba, la sensación de invulnerabilidad sobre todo. Luego, cono haces, se consignan los errores o aciertos, pero siempre se pone el punto de atención a lo que nos dolió, en quien nos sacó de nuestra paz.

    Un abrazo, y por un bonito jueves

    ResponderEliminar